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  2. La guía secreta de la Hermandad de la Daga Negra
  3. Capítulo 60
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ese momento suspendido y protegido, estaban sólo los dos juntos. No había nada más que sus cuerpos, un elemento increíblemente simple en toda aquella compleja estructura que formaban las circunstancias en las que se habían conocido y habían llegado a ser pareja.

—Dejemos nuestros papeles a un lado —dijo ella—. Y nuestros problemas.

La cara del Gran Padre se contrajo.

—No podemos.

—Sí, sí podemos.

—Cormia…

Ella se quitó la túnica y eso más o menos puso fin a la conversación.

Pero cuando fue a subirse a la cama, él negó con la cabeza y la detuvo.

—Fui a ver a la Directrix.

Así como el hecho de que él pronunciara su nombre había creado un ambiente especial, las palabras que acababa de decir el Gran Padre cortaron el aire cálido y promisorio que reinaba en la habitación.

—Me has rechazado, ¿verdad?

El Gran Padre asintió lentamente.

—Quería decírtelo, pero luego sucedió todo eso en la clínica.

Cormia clavó los ojos en el sexo brillante del Gran Padre y tuvo la reacción más extraña. En lugar de sentirse frustrada, se sintió… aliviada. Porque él la deseaba incluso aunque no tenía que hacerlo. Porque volvía más honesto lo que ella quería que sucediera. Más tarde se preocuparía por las ramificaciones emocionales, pero ahora sólo quería estar con él. Hembra y macho. Sexo contra sexo. Sin tradiciones que interfirieran o llenaran de implicaciones lo que iban a hacer.

Cormia puso una rodilla sobre el colchón y Phury la agarró de las muñecas para detenerla.

—¿Acaso no sabes lo que eso significa?

—Sí. —Ella subió la otra rodilla—. Suéltame.

—No tienes que hacerlo.

Ella se quedó mirando con descaro el pene que palpitaba sobre las caderas del Gran Padre y que era tan grueso como su propio antebrazo.

—Y tú tampoco tienes que hacerlo. Pero tú también lo deseas. Así que aprovechemos esta oportunidad. —Cormia subió los ojos por el pecho del Gran Padre hasta encontrar su mirada ardiente y temerosa, y por un momento se sintió triste—. Tú tendrás muchas otras. Yo sólo te tendré a ti. Así que dame esto ahora, antes de… —romperme el corazón una y otra vez—. Antes de que tengas que irte.

El conflicto que lo acosaba se reflejó en los ojos del Gran Padre y sirvió como prueba de su honor. Pero ella sabía cuál iba a ser el final de esto. Y no se sorprendió cuando él se dio por vencido y sus manos dejaron de contenerla para atraerla hacia sí.

—Querido Dios —susurró el Gran Padre, al tiempo que se sentaba y le agarraba la cara con las manos—. Necesito un minuto, ¿está bien? Acuéstate aquí. Ahora vuelvo.

El Gran Padre la acostó con suavidad y luego se levantó de la cama y se dirigió al baño. Se oyó el sonido de la ducha y, cuando regresó, tenía el pelo mojado y erizado alrededor de los hombros y el pecho.

Estaba desnudo, un guerrero en la flor de la vida cuyas necesidades sexuales sobresalían de su espectacular cuerpo.

El Gran Padre se detuvo junto a la cama.

—¿Estás segura?

—Sí. —Aunque le habían dicho que iba a ser doloroso, no iba a retroceder. Cormia no podía explicar su decisión, pero la iba a llevar a cabo.

Estaría con él ahora y al diablo con lo que viniera después.

Cormia le tendió la mano y, cuando él se la tomó, ella lo atrajo hacia su cuerpo.

Phury se dejó arrastrar hacia la cama, hasta quedar acostado al lado del asombroso cuerpo desnudo de Cormia. Sus huesos eran diminutos comparados con los de él, y el cuerpo parecía delicado al lado del suyo.

Phury no soportaba la idea de hacerle daño. Y tampoco podía esperar a meterse dentro de ella.

Las manos le temblaron al quitarle un mechón rubio de la frente. Ella tenía razón, pensó Phury: era mejor de esta manera para los dos. Esto era una decisión propia. En cambio las obligaciones del Gran Padre eran un deber.

Ésta sería su primera vez, y también la de ella.

—Voy a encargarme de ti —dijo Phury. Y no se refería sólo a lo que tenía que ver con esa noche.

Aunque… maldición, él no tenía idea de cómo hacerle el amor a una hembra. El sexo era una cosa. Hacer el amor era otra totalmente distinta, y de repente sintió ganas de portarse con absoluta sutileza. Sintió deseos de haber estudiado artes amatorias para saber cómo asegurarse de que Cormia obtuviera lo mejor de él.

Phury bajó la mano por el cuello de Cormia. Su piel era tan suave como el aire, tan fina que no podía sentir los poros.

Ella arqueó la espalda y los pezones rosas de sus senos se proyectaron hacia arriba.

Phury se relamió y se inclinó sobre la clavícula de Cormia. Cerró los ojos y se quedó allí, suspendido sobre ella. Él sabía que en cuanto tomaran contacto, ya no habría marcha atrás.

Cormia hundió las manos en el pelo de Phury.

—¿No quiere empezar, Su Excelencia?

Phury abrió los ojos y la miró.

—¿Por qué no me llamas Phury?

Ella sonrió con tímida felicidad.

—Phury…

Después de que ella dijera su nombre, Phury puso los labios sobre la piel de Cormia y tomó aire para absorber su aroma. Sintió que todo el cuerpo le temblaba, la deseaba con desesperación e instintivamente empujó con las caderas hasta que su pene quedó atrapado entre sus muslos y los de ella. Cuando ella jadeó y se volvió a arquear, él se lanzó sobre uno de sus pezones.

Cormia le enterró las uñas en el cuero cabelludo y él rugió mientras le chupaba el pezón. Su mano se cerró sobre el otro seno y comenzó a retorcer las caderas hasta que su erección quedó atrapada en un espacio más estrecho.

Ay, mierda, iba a…

Sí. Se corrió. Otra vez.

Mientras rugía como un loco, Phury trató de detenerse. Sólo que ella no quería que lo hiciera y en lugar de retirarse, se acercó más y comenzó a moverse al ritmo de los embates del orgasmo de él.

—Me encanta cuando haces eso —dijo ella con voz gutural.

Phury buscó la boca de Cormia con desesperación. El hecho de que a ella no pareciera importarle que él fuera un idiota que nunca había hecho eso y que acababa de eyacular prematuramente sobre sus piernas significaba todo para él. Phury no tenía que fingir ser fuerte. En ese momento de intimidad podía ser simplemente… él.

—Es posible que vuelva a suceder —gimió Phury contra los labios de Cormia.

—Bien. Quiero que hagas todo eso sobre mí.

En ese momento Phury rugió como un león, impulsado por su instinto territorial. Sí, pensó. Iba a hacer todo eso sobre ella. Y también dentro de ella.

Phury bajó la mano por el cuerpo de Cormia hasta las piernas y luego cambió de posición para poder moverse por encima de sus largas piernas hasta su centro. Pasó la palma de la mano por encima de lo que había dejado sobre ella y la limpió mientras encontraba el sexo de Cormia.

Que estaba lleno de miel, más húmedo que si acabara de bañarse.

Cormia gritó y abrió las piernas.

Phury se dirigió al corazón de su vagina con la boca, antes de que tuviera idea de lo que hacía. No importaba que no supiera ninguna técnica. Necesitaba saborearla y eso sólo iba a suceder si sus labios se encontraban con los de ella…

—Ah… dulzura —dijo desde allá abajo. Era consciente de que le estaba enterrando los dedos en los muslos y que la tenía completamente abierta, pero no podía evitarlo.

Y a ella no pareció molestarle en lo más mínimo. Cormia hundió las manos en el pelo de Phury y se apretó contra él, mientras él la acariciaba con la lengua cada vez más profundamente. Phury se restregó contra ella y luego comenzó a succionar y a tragar. Estaba muriéndose de sed, quería alimentarse con el sexo de Cormia y la energía sexual que circulaba entre ellos, dejarse llevar…

Cormia estaba empezando a tener un orgasmo cuando el teléfono sonó, pero era evidente que él se iba a quedar donde estaba. Phury se dio cuenta de que ella estaba al borde del orgasmo por la manera en que se movió y levantó la cabeza para poder mirarlo a los ojos. Estaba nerviosa, excitada, preocupada.

—Confía en mí —le dijo Phury. Luego le levantó las caderas y la penetró.

Cormia gritó el nombre de Phury mientras tenía su primer orgasmo.

Y ahí fue cuando alguien llamó a la puerta.

‡ ‡ ‡

Lo siguiente fue suprimido de Amante consagrado porque todo el mundo pensó que había que quitarlo. Mi editora, mi asistente de investigación y mi socia crítica, todos dijeron: «No lo necesitas» y yo accedí a quitarlo porque entendí su opinión. El libro de Phury termina de manera poderosa y agregarle algo que sucede años después diluiría la fuerza del final. Así que aquí está el epílogo que no fue:

Cinco años después…

¡L

a tengo! —le gritó Phury a Bella, al tiempo que alzaba a su sobrina y la envolvía entre sus brazos. Nalla se rió y hundió la carita en el pelo de Phury, cosa que le fascinaba hacer, mientras se abrazaba a él con fuerza.

Bella llegó corriendo hasta la biblioteca de la Hermandad y luego frenó en seco, mientras su vestido largo color plata formaba un hermoso remolino alrededor de sus piernas. Los diamantes que llevaba al cuello brillaban como fuego, al igual que los que adornaban sus muñecas y sus orejas.

—Ay, gracias a Dios —dijo Bella—. Juro que esta niña es tan rápida como su padre.

—Estás espectacular —dijo Cormia desde atrás.

—Gracias. —Bella jugueteó con el vestido—. Éste no es mi estilo habitual, pero…

—Apenas si te hace justicia. —Zsadist entró a la biblioteca y parecía una versión malévola de Cary Grant. El esmoquin le sentaba perfectamente y escondía casi totalmente la SIG que llevaba bajo el brazo.

Puso cara de padre severo al tiempo que llamaba con el dedo a su hija.

—Ahora, ¿vas a portarte bien con tu tío y tu aumahne?

Nalla asintió con solemnidad, como si acabara de aceptar el liderazgo de Estados Unidos.

—Sí, papi.

La sonrisa de Z casi ilumina toda la galaxia.

—Ésta es mi niña.

Nalla sonrió y le tendió los brazos.

—Besos, papito.

Z la abrazó y luego ella se abalanzó sobre su madre.

—Está bien —dijo Zsadist, muy diligente, mientras le entregaba la niña a su shellan—. Estaremos en el Met hasta las once. Luego cenaremos en casa de Wrath. Tengo mi busca, mi móvil, mi BlackBerry…

Phury le puso una mano en el hombro a su gemelo.

—Respira profundo, hermano. Tranquilízate.

Zsadist hizo un esfuerzo.

—Correcto. Quiero decir que sé que la cuidaréis bien… No, que vosotros… que todos vais a estar bien…

Phury miró su reloj.

—Y vosotros vais a llegar tarde. Tendréis suerte si llegáis al intermedio.

—Estoy tan entusiasmada —dijo Bella, al tiempo que devolvía a Nalla a los brazos de Phury—. La Cavalleria Rusticana de Mascagni. Va a ser fantástico.

—Suponiendo que logres sacar a tu papito de la casa. —Phury le dio un empujoncito a su gemelo—. Vete. Vete con tu shellan. Es su aniversario, por Dios santo.

Salieron de la biblioteca cerca de veinte minutos después. O tal vez veinticinco.

Phury sacudió la cabeza.

—Ese hombre sí que tiene ansiedad con la separación.

—Ah, ¿y tú crees que eres mucho mejor?

Phury dio media vuelta. Cormia estaba en el sofá y tenía a Ahgony —o Aggie, como lo llamaban todos— dormido en sus brazos. Como era habitual, el puño regordete del bebé estaba aferrado al pulgar de su madre, aunque estuviera profundamente dormido.

—¿Estás hablando de mí?

—¿Me lees una historia, tío? —dijo Nalla—. ¿Por favor?

—Por supuesto, ¿qué historia quieres oír? —preguntó Phury, aunque ya lo sabía.

Cuando se sentó en el sofá al lado de Cormia, Nalla señaló el libro de fábulas que

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